Hace un par de semanas, escribimos sobre la importancia de considerar las bases de comparación a la hora de hacer análisis de las cifras económicas. Revivimos este tema, ya que durante estos meses empezará a cobrar bastante relevancia y debemos estar atentos antes de sacar conclusiones equivocadas.

Por si usted estaba de viaje en el Endurance, le cuento que desde el segundo semestre del año pasado, la aplicación de medidas sanitarias y distanciamiento social causadas por la pandemia del coronavirus, afectó fuertemente la actividad económica mundial. Localmente, no fuimos la excepción, provocando que nos acostumbramos a caídas interanuales de más de dos dígitos en el Imacec. Pero no sólo la economía real fue golpeada, también la nominal. Importantes caídas de precio en el mercado de commodities, en particular del petróleo, causaron que los IPCs tuvieran sólo alzas marginales o incluso caídas. Lo anterior se sumaba a la dificultad (aún presente) de poder recolectar toda la información estadística necesaria para construir los índices, lo que era particularmente complejo en los sectores de servicios.

Así es como durante 2020, la economía mundial se contrajo un 3,4%, destacando los casos de EE.UU. (-3,5%) y la Eurozona (-6,7%). Localmente, Chile observó una caída de 5,8% y, excluyendo el primer trimestre (considerando que el covid-19 se demoró un poco más en llegar), la reducción alcanzó un 7,7%. En términos inflacionarios, los precios aumentaron 2,4% en el mundo (2,9% en 2018 y 2019), con EE.UU. que registró un alza de 1,2% y la Eurozona un 0,3%.  En Chile, si bien el IPC mostró un aumento de 3,0%, estuvo muy influenciado por los datos de fin de año, afectados por los retiros de los fondos de pensiones y quiebres de stock en algunos productos.

Es así como, ad-portas de conocer las primeras cifras del segundo semestre de 2021, ponemos una nota de cautela. La mezcla de mayor resiliencia de las empresas y consumidores, mezclada con la baja base de comparación, causarán variaciones considerables en los datos que vienen. A pesar de las cuarentenas más estrictas que vivimos durante abril (bueno, por lo menos en el papel), proyectamos que la actividad habría aumentado en torno a 12% versus abril del año pasado. Aquello sería la variación más alta en 10 años. Para mayo y junio, en tanto, los crecimientos incluso podrían superar el 17%. ¿Significa esto que estamos en presencia de un boom? No, no aún. En nivel, con esas tasas de crecimiento, recién volveríamos a lo observado previo a la crisis social de 2019. Sin embargo, la comparación correcta sería versus “lo que habría pasado” sin crisis ni pandemia. Asumiendo cifras conservadoras para ese escenario, los niveles de actividad a diciembre de 2022 aún estarían un 4% por debajo del crecimiento aquel crecimiento hipotético.

En materia de precios, el análisis es similar. Hacia julio o agosto, existe una alta probabilidad de que la variación interanual del IPC supere el 4,0%. ¿Significa esto que la inflación se nos desbocó? No, tampoco. Asumiendo alzas de precio similares a las observadas típicamente durante el resto de los meses, la inflación debería volver sin muchos problemas al 3,0%, más o menos en febrero o marzo de 2022.

Como comentario final, aclaro que estos son nuestros escenarios base. Podríamos ver más o menos crecimiento dependiendo como avance la situación sanitaria y el proceso constituyente, mientras que para la inflación vemos un riesgo al alza causado por la importante liquidez con la que contarán los hogares los próximos meses. Pero de ello podemos hablar más adelante.

Nathan Pincheira

Economista Jefe de Fynsa

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