Los brasileños tienen muchos motivos para preocuparse. La pandemia sigue golpeándolos y tienen el cuarto ministro de salud de este gobierno, mientras el desempleo sigue subiendo. Y, además, los frijoles o porotos negros, producto básico de su alimentación –y de la deliciosa feijoada— ha subido 54% en lo que va del año.

El explosivo aumento del precio del poroto negro en Brasil es parte de una preocupante tendencia global: la inflación alimentaria. En Rusia están pagando 61% más por el azúcar que hace un año. Hasta la tortilla de maíz en México ha comenzado a subir, pese a los esfuerzos del gobierno mexicano por mantenerla a raya mediante un acuerdo con los productores.

El fenómeno, que según los actores de la industria se agudizará durante el año, obedece a una serie de factores, como problemas climáticos que han afectado la producción en algunas áreas del globo, un aumento de la demanda con la reactivación de la economía, y problemas en la cadena de suministro que tomarán un tiempo normalizarse. Los más afectados son los países de menores ingresos, donde el peso de los alimentos en la canasta de consumo es mucho mayor que en las economías desarrolladas.

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