Los primeros indicios de este tipo de inversiones se remontan al siglo XVIII cuando los metodistas, un grupo de cristianos protestantes, se negaba a la trata de esclavos, el contrabando, al consumo ostentoso y a invertir en manufactureras de tabaco y licor. Ya para la década de 1960, el concepto de Inversión Socialmente Responsable empieza a mencionarse gracias a los opositores a la Guerra de Vietnam y al Apartheid en Sudáfrica, que exigían que no se invirtiera en contratistas de defensa ni en trata de esclavos, generando importantes cambios institucionales y legislativos. En 1984, tras el desastre natural de Chernobyl y la explosión nuclear en Three Mile Island, se crean las primeras organizaciones que buscaban la sustentabilidad ambiental. A partir de la década de 1990 se lanzan los primeros índices bursátiles que incluían empresas “responsables” y/o “sustentables”. Finalmente, y uno de los hechos que marcó un antes y un después, fue la iniciativa de la ONU de definir el concepto que tenía bastante ambigüedad y lo estandariza con los Principios de Inversión Responsable (PRI). Desde este punto de inflexión, la inversión responsable y de impacto ha tenido una fuerte alza, especialmente después de la crisis subprime, que luego en 2015 se masifica con la iniciativa de la ONU de los Objetivos de Desarrollo Sustentable (ODS) para 2030, en donde se les exige a las empresas tomar un rol principal en la sustentabilidad del planeta.

Es importante diferenciar los conceptos de inversión responsable y de impacto, que muchas veces son confundidos. La ONU define la inversión responsable como una estrategia y práctica para incorporar factores ambientales, sociales y de gobierno corporativo (ESG, por sus siglas en inglés) en las decisiones de inversión y ejercicio activo de la propiedad. Menciona que ignorar estos factores es ignorar riesgos y oportunidades que tienen un efecto significativo en los rendimientos. Por otro lado, la Global Impact Investing Network (GIIN) considera una inversión como de impacto cuando genera impacto social y/o medioambiental positivo en las personas y/o planeta; genera retorno financiero; hay una intención y objetivo de conseguir impacto social y/o medioambiental; y que exista evidencia medible respecto del valor o impacto creado. Si bien ambas pueden concordar en muchos aspectos, difieren principalmente en la intención de generar y medir impactos positivos, más que solo incorporar aspectos ESG en las inversiones.

En el mundo de las inversiones existe bastante incertidumbre sobre los beneficios y el nivel de retornos que tienen este tipo de iniciativas. El primer beneficio que nos parece importante recalcar es el tema normativo. Desde la crisis subprime, la regulación ha aumentado de forma significativa, la que a su vez se vio fomentada desde 2015 cuando la ONU declaró los ODS y muchos países se adhirieron y alinearon con estos. Por lo tanto, es importante para las empresas adelantarse y comprometerse con estas normativas, de manera de no tener que ajustarse en la medida que estas se van promulgando. El ser un actor proactivo y no reactivo puede conllevar a importantes beneficios y alcanzar ventajas competitivas.

En segundo lugar, el rol fiduciario de las empresas ya no es solo financiero, sino que también debe contener aspectos ambientales y sociales. Existe una mayor demanda y exigencia por parte de los stakeholders por incluir aspectos ESG en las estrategias. Según el Morgan Stanley Capital International (MSCI), con mejores prácticas de Gobierno Corporativo se genera mayor productividad, mayor atracción de talento, menor rotación, mejor gestión de riesgos y mejor reputación de mercado. En los tiempos que vivimos, en donde existe casi nula representatividad por parte de los gobiernos, partidos políticos y grandes compañías, se presentan mayores exigencias y búsqueda de sentido/propósito por parte de las personas a través de las empresas, lo que puede ser una oportunidad importante para marcar las diferencias y crear más valor.

Por último, y uno de los aspectos más importantes a considerar, es que según el MSCI existe una correlación positiva entre incluir factores ESG y el retorno financiero de las empresas que los incluyen. Empresas con alto rating ESG son más competitivas, generan retornos anormales y tienen un menor riesgo idiosincrático y sistemático, es decir, menores riesgos propios de la empresa y menor volatilidad en las ganancias, menor beta y menor costo de capital.

La inversión responsable se está haciendo cada vez más popular alrededor del mundo, sobre todo por la necesidad de acortar las desigualdades de la sociedad y generar la carbono neutralidad en el mundo. Es por esto que creemos importante tener en consideración los beneficios que esta trae tanto a las personas, el medioambiente y a las empresas.

 

PD: Les recomendamos el libro “IMPACT: Reshaping Capitalism to Drive Real Change”, de Ronald Cohen.

 

Fuentes: Preqin, MSCI, UNPRI, GIIN, ACAFI, CMF y Bolsa de Santiago.

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