“¡Pero, ¿por qué no se la pasó?, era gol seguro!”, “Si hacíamos el cambio antes, aguantábamos hasta los 90”, “Si encaraba quedaba solo”. Seguramente, si usted es seguidor del fútbol, muchas veces se habrá escuchado diciendo estas frases, o similares, mientras mira un partido en la tele o en el estadio. En un mundo en el que todos somos técnicos, es obligatorio siempre opinar sobre la decisión correcta que un jugador o entrenador debía haber tomado para que el resultado del juego hubiera resultado favorable a nuestras pretensiones.

Sin embargo, lo anterior es injusto. No porque “otra cosa es con guitarra”, sino por el simple hecho de que la mayoría de las veces, nuestro escenario paralelo no es compatible con el contexto en el que se estaba desarrollando el juego. No se la pasó, porque para eso debería haber sido zurdo; si hacíamos ese cambio antes, habríamos regalado el control de la pelota al rival y eso podría haber sido peor; para haber encarado y haber sido exitoso en eso, debería tener una técnica que no tiene (algo que los de la U sufrimos todos los fines de semana). Los escenarios alternativos que imaginamos no son el único resultado posible y muchas veces no son ni siquiera alcanzables.

Esta adicción al “que hubiese pasado si” no es exclusiva del fútbol. En las políticas públicas es pan de cada día y el debate actual ha estado lleno de esos ejercicios: “¿Por qué no se decretó la cuarentena antes?”, “Tendríamos que haber hecho los contratos con este laboratorio y no con este otro”, etc. Si bien muchas de estas críticas tienen sustento, no consideran que para hacerlas tomaron más información de la que en su momento había disponible (o como se dice en el fútbol “con el diario del lunes”). Por ejemplo, no recomendar usar mascarilla al inicio de la pandemia, o considerar que los niños eran “supercontagiadores”, lo que fue corregido luego de que los expertos pudieron recabar más datos y estudios.

Otras, simplemente son ficticias y no se condicen con las opciones que en su momento había para elegir. En el caso local, algunos han criticado el haber firmado contratos con Sinovac y no con Moderna o Pfizer, en mayor escala. Es cierto que las vacunas de estos laboratorios han mostrado mayor eficacia que la Coronavac (tópico que expusimos en nuestra columna anterior[1]), pero dadas las condiciones sanitarias y geopolíticas, aquel escenario no era posible. El contrafactual, tal como han mostrado nuestros vecinos, y la mayoría de los países emergentes, era no tener vacuna alguna. Esa es la comparación justa. Y entre tener una vacuna menos efectiva (aunque igualmente beneficiosa) o ninguna, por lo menos yo, no me pierdo.

A pesar de lo anterior, esto no debe ser un consuelo. En este y otros debates, siempre se deben considerar los contrafactuales antes de tomar decisiones, especialmente en ámbitos tan sensibles que son financiados con recursos de todos. Esto requiere escuchar la voz de los expertos, contar con más y mejores profesionales en el área de evaluación de proyectos y nunca olvidar que un peso (o cualquier otro recurso) utilizado en un lado, es un peso o recurso dejado de ser utilizado en otro. Por lo pronto, sólo nos queda seguir gritándole a la pantalla (o a la cancha, cuando se pueda), tratando de imaginar escenarios en los que todo sale bien. O bueno, por lo menos mejor.

 Nathan Pincheira| Economista Jefe de Fynsa

[1] El Minsal ha publicado un nuevo estudio más detallado de los niveles de efectividad, el que está disponible acá

 

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