El año 2021 probablemente será recordado como el año con mayor crecimiento en nuestra historia. Bueno, por lo menos desde que tenemos datos. El Banco Central, Hacienda, el FMI, la OECD, el mercado y, por supuesto, Fynsa, proyectan que el PIB se expandirá un no menor 12% en términos reales en el año que está por acabar. Por si fuera poco, nuestro país será el país que más crecerá, lea bien, en el mundo.

Las razones de esta expansión son bien conocidas. En primer lugar, la mayor liquidez de los hogares y las empresas han tenido un rol fundamental: retiros desde los fondos de pensiones, transferencias directas desde el estado, programas de financiamiento hacia Pymes, etc. Adicionalmente, el tremendo avance que ha tenido el proceso de vacunación, que según The Economist hace que nuestro país sea el mejor aspectado para enfrentar la variante ómicron, ha permitido acelerar el proceso de desconfinamiento de la población, aumentar la oferta de servicios disponibles y permitir la recuperación de aquellos sectores más rezagados. Finalmente, y no por eso menos importante, hay que recordar que nos estamos comparando con 2020, un año en el que evidenciamos una fuerte recesión, por lo tanto, la base no es muy exigente que digamos.

Es así que, ad-portas de 2022, debemos prepararnos para un regreso a la realidad. Un regreso que, aunque no nos guste, lo más probable es que sea violento y provoque un ajuste abrupto en nuestra economía. Según conocimos durante la semana, en la actualización del escenario macro del Banco Central, las proyecciones del IPoM incorporan un crecimiento entre 1,5% y 2,5% para el año que va a comenzar y de sólo 0% – 1% hacia 2023. El consumo privado ya no tendrá el impulso que trajeron políticas como el IFE universal o los retiros desde los fondos de pensiones y el gasto público entrará de lleno en un proceso de consolidación fiscal después de los importantes esfuerzos que se han hecho los últimos dos años. La inversión, por su parte, en un ambiente de incertidumbre, estaría muy alicaída y sólo sustentada en parte por algunos proyectos en minería y renovación de maquinaria y equipos, que no podrá ser compensada por la inversión pública. El impulso externo será menor que en 2021, aunque también lo serán las importaciones. 

La inflación continuará alta, aunque disminuyendo, lo que situaría la TPM en terreno contractivo. Así, tanto la política monetaria como la fiscal no estarán presentes para la contraciclidad, mostrándonos que, después de las fiestas, todas las cuentas se pagan y la resaca es directamente proporcional. Pero, más importante, es que esta desaceleración nos permitirá ver, nuevamente, cual es la realidad del país respecto a las posibilidades de crecimiento en el largo plazo. Por diversas razones, bajo gobiernos de todos los colores, las políticas de mejora de productividad han estado ausentes de la discusión y más bien se han centrado en instrumentalizar algunos determinantes con motivos electorales y políticos. Por eso es que se proyecta que vamos a crecer tan poco comparado con nuestra historia. Sin embargo, estamos frente a una gran oportunidad: un nuevo gobierno podría poner la productividad dentro de sus objetivos primarios, ya que el mayor crecimiento, especialmente el de largo plazo, tiene directa relación con mejorar el bienestar, con mayor recaudación, más políticas sociales permanentes, menor desigualdad, mejores pensiones (independiente del sistema), etc. Así mismo, si esto es fomentado en el proyecto de nueva constitución, permitirá tener una continuidad en su mejora y no depender del ciclo político. Seguir pensando en el corto plazo no nos llevará a ninguna parte, sólo a más y peores resacas.

Nathan Pincheira

Economista Jefe de FYNSA

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