Hoy, se anunció que al día de ayer se reportaban más de 9 mil nuevos casos de covid-19, con una tasa de positividad de 11,3%. Lamentablemente, también se informó que 129 personas perdieron la vida producto de la enfermedad. Considerando los datos desde el inicio de la pandemia, seguimos en presencia de una segunda ola, la que estaría siendo incluso más severa que la primera. No nos sintamos tan “especiales”: esta fue la realidad de la mayoría de los países desarrollados cuando experimentaron la segunda ronda de contagios. Es más, tanto en Europa como en EE.UU., los contagios y fallecidos relativos a su población más que duplicaron los actuales números de Chile.

Sin embargo, lo anterior no es ningún consuelo. No sólo las capacidades de los sistemas de salud son muy distintas (hoy la carga hospitalaria sería superior al 95%), sino que los momentos epidemiológicos también lo son. Me explico: nuestra segunda ola llega incluso después que las terceras olas experimentadas en economías desarrolladas, con procesos de vacunación en marcha, pero nuestra segunda ola no parece amainar a la velocidad que las terceras olas lo hicieron en los otros países.

En un ejercicio simple, comparamos la trayectoria de los contagios desde que comenzaron los procesos de vacunación masiva para países que han tenido ritmos de vacunación similares a los nuestros. Así, después de alcanzar más de 1000 casos diarios cada millón de habitantes, Israel desde el día 50 de haber comenzado su vacunación experimentó una baja significativa: a los 60 días tenía menos de la mitad y a los 100 días los contagios nuevos eran inferiores a 40 cada millón de habitantes. Reino Unido, luego de alcanzar un peak de contagios al día 20 de haber comenzado la vacunación (900 casos nuevos por cada millón de habitantes) empezó a disminuir significativamente esta métrica, llegando a 150 casos por millón al día 60. Por su parte, Chile, a 65 días de haber comenzado su programa masivo, aún no muestra evidencia de haber llegado al tope de la segunda ola. Hoy, registramos un poco menos de 400 casos cada millón de habitantes, con casi 40 dosis aplicadas cada 100 habitantes. Si bien es cierto que Israel, al mostrar esos mismos números, tenía el doble de casos, mostraba una tendencia claramente a la baja.

¿Qué está pasando entonces? Bastante se puede deber a nuestro comportamiento. Con más restricciones que hace un año, la movilidad no se ha reducido a los niveles que se experimentaban entonces. Existe cansancio, malestar, dificultades económicas, pero también un débil compromiso cívico, como cuentan las numerosas fiestas, reuniones y eventos clandestinos aparecidos en la prensa, sumado al aprovechamiento de permisos personales y colectivos, que tampoco han sido acompañados de una fiscalización severa de la autoridad.

Pero también puede deberse a la vacuna que estamos ocupando. “Engel et al” (2021) muestran que la eficacia real de la Sinovac es de un 53%, lejos del 90% de la Pfizer o Moderna. Además, sólo alcanzaría esa eficacia 14 días después de puesta la segunda dosis (o sea, aproximadamente 45 días después de la primera dosis), mientras que Pfizer llegaría a su efectividad a los 30 días de la primera dosis. ¿Significa esto que la Sinovac es mala? No, para nada. Solo que demora más en reflejarse su eficacia, la que no se notaría tanto en contagios en un inicio, pero si debiese hacerlo en ocupación UCI y fallecidos. Lamentablemente, los datos disponibles no permiten, hasta el momento, hacer esa separación. Si esta tesis es correcta, estimamos que antes de 15 días, los casos más graves deberían empezar a caer drásticamente, dentro de la población vacunada, siempre y cuando continúe el ritmo de vacunación promedio y no siga cayendo como hemos visto la última semana.

Nathan Pincheira

Economista Jefe de Fynsa

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