En economía, probablemente el concepto más importante es el de costo de oportunidad. En mis primeras clases, en el pregrado, debo reconocer que no me fue fácil asimilarlo del todo, por más esfuerzo que mi profesor del curso introductorio, Hernán Burdiles, le pusiera al asunto. Me costaba comprender que todo tuviera un costo alternativo, que para todo había un “precio”. Quizás los humanistas se espanten, pero tranquilidad, no se refiere a lo que están pensando. El “precio” de una cosa no siempre, de hecho, la mayoría de las veces, es monetario. En un ejemplo sencillo, el precio de leer estas líneas es lo segundo más importante que dejó de hacer por darle un vistazo a mi columna: leer otra, mirar sus mails, dormir, comer, correr, etc. De hecho, la mayoría de los costos alternativos tienen que ver con el tiempo, dada su linealidad (hasta donde lo conocemos), lo que es muy fácil de comprender leyendo a Borges y su “Biblioteca de Babel”.

Esto, tan micro, alcanza todos los niveles de complejidad que se quiera. Desde decidir que almorzar hasta privilegiar una política pública sobre otra (sí, aunque algunos no lo crean, los recursos públicos son escasos). Para bien o para mal, mi (de)formación profesional me hace evaluar, en todo ámbito de cosas, mis decisiones racionales de esta manera, pensando en que estoy dejando de hacer por hacer lo que estoy (o quiero) hacer.

Esta semana, el Banco Central publicó el Informe de Estabilidad Financiera del segundo trimestre de 2021, en el que se pone énfasis, dentro de otras cosas, a analizar las causas detrás de los abruptos movimientos de los activos financieros durante los últimos meses. En esta oportunidad, por una cosa de extensión, me referiré sólo a dos de ellos, sin perjuicio de que no son los únicos y otros podrían ser tanto o más importantes. En primer lugar, las tasas de interés locales han evidenciado una importante alza, especialmente en sus tramos más largos, lo que no ha traído buenas noticias a quienes piensan comprar una propiedad o tienen invertidos sus ahorros (voluntarios u obligatorios) en fondos más conservadores. Desde febrero a la fecha, la tasa de los bonos soberanos en pesos a 10 años ha subido un poco menos de 400 puntos base, lo cual se ubica en el extremo superior de una muestra no sólo de países OECD, sino también emergentes y latinoamericanos. Al intentar descomponer esta alza, utilizando para ello herramientas estadísticas, nos encontramos que cerca de 100 pb han sido causados por aumentos de la tasa libre de riesgo, y todo el resto por primas por plazo. Es decir, incertidumbre. Lamentablemente, no es todo, ya que además de los incrementos en nivel también ha habido un aumento significativo de la volatilidad de éstas (en términos absolutos y relativos), convirtiéndolos en elementos más riesgosos. ¿Por qué han subido las tasas y empeorado las condiciones de los créditos hipotecarios? He acá una razón bastante relevante.

En segundo lugar, el peso ha sido una de las monedas más castigadas en lo reciente, incluso considerando los niveles altísimos del precio del cobre, la liquidación de dólares por parte de Haciendas y las AFPs en el mercado local y las alzas de TPM. Utilizando modelos explicativos fundamentales, se llega a que, desde febrero a la fecha, del casi 10% de depreciación cambiaria del periodo, un 4% ha sido explicado por cambio en condiciones macro desfavorables, que casi se netean completamente con las condiciones macro favorables (mayor precio del cobre y diferencial de tasas). Es decir, sin la incertidumbre idiosincrática, nuestro tipo de cambio se ubicaría casi un 10% por debajo de los niveles actuales.

Por lo tanto, cuando a usted le hablen de los “costos para el país” de una política u otra, piense en medirlo en unidades como las que he mencionado, gracias al trabajo del Banco Central, en estas líneas. O en quizás la imposibilidad de alguien de acceder a un departamento, o a los costos adicionales que tuvo que incurrir un importador, o en alguna que quizás le esté tocando directamente.

Nathan Pincheira

Economista Jefe de Fynsa

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