En septiembre y octubre del año pasado fuimos testigos de algo inesperado. Después de muchos meses confinados, con medidas bastante estrictas, los mejores números sanitarios permitieron abrir de a poco la economía, lo que elevó los ánimos de los consumidores. Además, después de un inolvidable episodio en el congreso, con personajes realizando lamentables espectáculos como correr como un personaje de animé, se había aprobado el primer retiro de fondos previsionales. Estos se habían comenzado a pagar en agosto y, según cifras de la Superintendencia de Pensiones, superarían los US$2.000 millones. Hasta ahí, todo normal. Pero llegó septiembre, y de la mano de mejor ánimo, fiestas patrias y platita en el bolsillo, comenzó una escalada del consumo. Desde zapatillas a computadores, celulares a pimentón, las ventas de estos productos aumentaron sorpresivamente.

El problema es que las compañías, en su gran mayoría, no se habían preparado para una situación como esta. De hecho, desde comienzos de 2019, las importaciones de bienes de consumo mostraban tasas de variación negativas, con un comercio internacional bastante debilitado producto de la guerra comercial entre EE.UU. y China (por Dios qué recuerdos, pareciera que hubiera sido hace una vida). El estallido social de octubre y la pandemia no hicieron más que exacerbar esta situación, lo que alcanzó su peak en mayo de 2020, con una caída interanual que casi llegó a 45%.

Por lo tanto, cuando la demanda de productos aumentó sorpresivamente, las bodegas no estaban preparadas. Y sucedió lo que ocurre en este tipo de casos, a pesar de que algunos creen que con un par de leyes se reprime: actuó el mercado. De esta manera, observamos alzas relevantes de varios productos, lo que provocó que los IPCs de septiembre y octubre evidenciaran alzas significativas, fuera de toda estimación de consenso y de las que había realizado el mismo Banco Central unas semanas antes.

Ahora, con más liquidez en la calle que en aquella oportunidad, con tres retiros de fondos previsionales y transferencias directas del Estado a una mayoría de la población, es lógico temer por una situación similar. Ya lo indicó el Central en el reciente IPoM, en el que aumentó la proyección de inflación para el presente año hasta 4,4%, e incluso lo llevó a sugerir que el proceso de normalización monetaria podría comenzar más temprano que tarde.

Sin embargo, hay una situación que es diferente. Desde el segundo semestre de 2020, la tendencia de las importaciones se comenzó a revertir. En valor, en junio, las importaciones de bienes de consumo aumentaron 105% respecto al año anterior, con aquellas de bienes durables creciendo 207%, mientras las no durables “sólo” un 75%. Solo por nombrar algunas, vestuario y calzado se incrementó 106%, computadores y otros equipos electrónicos 77% y automóviles nuevos un… ¡456%!

¿Ha sido esta la causa de no ver un espiral inflacionario en lo reciente? Es probable que esté ayudando a contener las presiones, pero no las descartaría completamente. Recordemos que estos son datos agregados y los productos dentro de una categoría no son necesariamente homogéneos. Además, los pagos del IFE comenzaron hace poco y sus efectos podrían estar demorando en evidenciarse en los precios. Pero una cosa es clara: los inventarios importan.

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