El INE publicó el Índice de Precios al Consumidor correspondiente al mes de septiembre. Seguramente usted ya leyó que éste aumentó 1,2% en comparación a agosto, lo que se convierte en la variación mensual más alta que ha tenido este indicador desde junio de 2008. De esta manera, respecto al año pasado, la canasta de 303 productos exhibe un aumento de 5,3%, el mayor incremento interanual desde noviembre de 2014.

Me parece que, independiente de las causas, este dato es preocupante. No hay que ser expertos para entender que quizás este sea una de las consecuencias de fenómenos económicos que más afecta a la población. Es posible que no sepamos mucho de Imacec, de bonos de largo plazo, de la tasa de la Reserva Federal, pero de inflación… vaya que si sabemos. El alza generalizada de precios nos hace inmediatamente más pobres ya que, con nuestros mismos ingresos, podemos adquirir menos bienes y servicios (tanto ahora como en el futuro), disminuyendo directamente nuestro bienestar y el de nuestras familias. En un momento en el que la pandemia del covid 19 va en retirada, pero sus efectos en salud y económicos tardarán bastante más en normalizarse, este factor es inquietante.

Como no podía ser de otra forma, algunos quieren llevar el debate a las causas de esta inflación (como si sus consecuencias sobre las personas fueran a ser distintas), exprimiendo al máximo dos o tres factores que puedan justificar la continuidad de políticas públicas irresponsables. Es totalmente cierto que una parte de esta inflación es importada. El alza del precio de la energía ha sido un factor relevante no sólo en Chile, sino también en el mundo. Mayor demanda por crudo producto de los procesos de desconfinamiento en las economías desarrolladas, junto con inviernos algo más crudos en el hemisferio norte, han llevado al barril de petróleo superar los US$80. Adicionalmente, las cadenas de suministro están lejos de normalizarse, lo que sigue presionando el precio de algunos productos, como los automóviles. Si miramos el IPC recién publicado podemos dar cuenta de esto: el costo de la energía creció 1,0% respecto al mes anterior, acumulando 15,5% en el último año, mientras que los autos nuevos y usados, respecto a 2020, han subido 14% y 35%, respectivamente.

Sin embargo, obviar los efectos locales es no querer hablar sobre el elefante en la sala. Desde el comienzo de la pandemia, las políticas fiscales y los retiros de los fondos de la AFP acumulan más de US$80 mil millones, un poco más que todo el presupuesto de la nación para el 2022 (aún en proyecto de ley). Adicionalmente, el tipo de cambio se ha depreciado multilateralmente y no sólo frente al dólar como en otras oportunidades. Lo anterior, como dice educadamente el Central, por factores idiosincráticos. Ha sido tanto que, ni las liquidaciones del Fisco (por colocaciones en el exterior y ventas de fondos soberanos) ni las de las AFP (por los tres retiros de fondos), ni el alza de 125 pb en la TPM, han podido revertir la situación. ¿Estoy haciendo Cherry picking? Vea usted: de la variación interanual del IPC, un 35% ha sido causado por servicios (más ligado a factores locales), versus un 24% por bienes (más ligado a factores externos).

Por lo tanto, la inflación es un fenómeno más complejo de lo que algunos intentan mostrar, con causas multidimensionales. Sin embargo, desconocer el impacto local producto de la mayor liquidez de los hogares es una deshonestidad intelectual que, al final del día, nos terminará haciendo más pobres.

 

Nathan Pincheira 

Economista Jefe de FYNSA 

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