¿Se ha dado cuenta que, durante el último tiempo, todos los eventos que hemos enfrentado crean una “nueva normalidad”? Es como el comodín para referirse a cualquier cambio que nos parece estructural y que nos obliga a repensar nuestros paradigmas. Desde el incremento de los nacionalismos, el proteccionismo comercial, la influencia de las redes sociales, el reemplazo tecnológico, el estallido social y la pandemia, hemos tenido como 10 nuevas normalidades en menos de 4 años. Es como esas marcas de autos que sacan un modelo nuevo, que en realidad es un amononamiento del pasado y lo nombran “all new”. Qué es un “all new” del pasado “the new”, y así. 

Con el proceso de vacunación nacional bastante avanzado (más no así el mundial, especialmente en el mundo subdesarrollado), nuevamente surgió el término para referirse a nuevas costumbres y usos que probablemente llegaron para quedarse: comprar online, el teletrabajo, mayor valoración por actividades al aire libre, etc. Sin embargo, una que no ha sido tan considerada en esta nueva normalidad se refiere al reordenamiento de los sectores económicos, producto de todos los cambios anteriores. Esto está afectando y afectará de manera permanente el mercado del trabajo, con un cambio brutal en su demanda que va a tardar bastante tiempo en ser interiorizado completamente por los actores. Es evidente que, por el momento, no podemos saber exactamente cómo va a terminar todo este reordenamiento (especialmente en el sector servicios una vez se pueda retomar la interacción social) pero existen algunos números y datos que nos pueden dar ciertas pistas. 

La OECD publicó un estudio sobre los cambios que se han observado y que se proyecta permanezcan en el mercado del trabajo de sus asociados, pero probablemente sea extensible a la gran mayoría de los países. Uno de los más importantes es un mayor desempleo de largo plazo, considerando que, dentro de los desocupados, ha crecido un 60% aquellos que están en esa situación por seis meses o más. Hay un impacto entre sectores, por ejemplo, en la agricultura, ya que distintas restricciones de movilidad impiden que los temporeros se desplacen entre regiones, algo habitual en las épocas de cosecha. Sin embargo, también hay un efecto intrasectorial producto de los cambios que mencionábamos antes: en el comercio, es probable que disminuya la demanda por vendedores en tienda física, pero aumente la relacionada a servicio de post venta o la administración de bodegas.

Hago hincapié en este último punto, porque al observar otros indicadores, nos damos cuenta de que la situación podría ser algo más compleja. Construimos una especie de índice de eficiencia del trabajo, el que considera los cambios en producción, pero también en trabajadores, dentro de los cuales pudimos desagregar por algunos sectores. Este índice señala que, a mayo de 2021, por cada trabajador, la economía produce un 12,8% más que el promedio entre 2013 y 2020. Sin embargo, en el sector comercio, el aumento es de 41,6%. Esto es importante, ya que este es el sector que por sí solo contrata más personas en Chile. Es cierto que la pandemia aún no termina y que estos números todavía no consideran las menores restricciones de movilidad aplicadas en lo reciente, pero sabemos de mucho antes que ciertos trabajos iban a ser automatizados y otros iban a modificarse, sólo que la pandemia adelantó este proceso. 

Este mercado, por sus particularidades, no ajustará rápidamente y será necesario el apoyo del Estado para poder mantener a las familias que sean afectadas por este desempleo estructural, pero también para facilitar y permitir la reubicación de los trabajadores, lo que probablemente requiera de los conocidos programas nacionales de capacitación. Sin embargo, esto se podría también hacer con los privados, al facilitar la contratación de personas cuyas actividades pasadas ya no existan, creando espacios de capacitación dentro de las mismas empresas. O para aquellas que aún no llevan a cabo el proceso transformador, pero que lo harán, permitir que sus trabajadores adquieran las habilidades que se necesitarán en el futuro mientras siguen realizando sus labores actuales. 

En esta pasada tenemos que ser creativos. Los costos de un desempleo de largo plazo son demasiado altos para generaciones enteras, pero no podemos pretender aplicar soluciones de antaño que fracasaron. Tiene que haber una nueva normalidad también en la manera que afrontamos estos problemas. Si no, estamos condenados a tener un nuevo Lota después del fin de la minería del carbón. Y nadie quiere eso.

Nathan Pincheira 

Economista Jefe de FYNSA

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