Siempre he sido un fanático de los Juegos Olímpicos. Es el evento deportivo que más me gusta, más que el mundial de fútbol o alguna final “planetaria” de un deporte en Norteamérica. Mi sueño frustrado es participar en uno, pero a esta edad con suerte podría competir en tiro skeet y créanme que no me quita el sueño practicarlo (nada personal).

Dado eso, recuerdo con particular alegría las ceremonias de inauguración, por el enorme despliegue de los voluntarios, de la organización y porque siempre destacan aspectos culturales locales del lugar donde se realizan. Por ejemplo, en Londres 2012, tanto la ceremonia de apertura como la de clausura se enfocaron en cosas que enorgullecen al Reino Unido: la Revolución Industrial, el rugby y el fútbol, el sistema de salud (NHS), la música, James Bond y, por supuesto, Mr. Bean.

Ese orgullo nacional llevó a preguntarme sobre qué cosas nos deben hacer sentir orgullosos a los chilenos. En una encuesta sin representación estadística, me mencionaron La Teletón, la resiliencia ante las catástrofes, nuestro vino y pisco, la marraqueta, las fiestas patrias, Neruda, Mistral y Huidobro, el Chino Ríos, la gloriosa Universidad de Chile, Torres del Paine, etc. Es cierto que, de alguna u otra manera, todas estas cosas nos representan y forman parte de “nuestro ADN”, pero creo que injustamente dejan fuera a, quizás, la institución que más ha hecho por nuestro bienestar y es constantemente destacado a nivel internacional: El Banco Central.

Es cierto que el Banco Central de Chile no tiene la fama de Alexis Sánchez, Marcelo Salas o Bárbara Riveros, pero sin menospreciar el esfuerzo que hacen nuestros destacados deportistas, en la liga de los Bancos Centrales se cuentan con los dedos de una mano a aquellos que lograron disminuir la inflación y su volatilidad en tan poco tiempo., con toda la mejora en bienestar que ello significa, especialmente para los más pobres. Lo anterior no fue fácil y, como escribí en alguna oportunidad, requirió esfuerzos tanto económicos como políticos, en una sociedad fracturada, saliendo de una dictadura, pero que necesitaba entendimientos, acuerdos y objetivos claros. Es así como, desde que el Banco Central logró su autonomía, la inflación pasó de casi 25% anual comenzando 1990 a un poco menos de 3% iniciando el 2000. Desde entonces, la variación de precios promedia lo que antes era el centro de la banda y hoy el objetivo puntual de nuestro esquema de metas de inflación: 3%.

Es tanto así, que, en un reciente seminario de Política Monetaria e inflación, al cual tuve la suerte de asistir (bueno, por Zoom), varios expositores alabaron la conducción de la política monetaria en nuestro país. Incluso uno de ellos, un importante economista de la FED, mencionó que el mejor manual del mundo de política monetaria era el de nuestro Banco Central. Son pocas las cosas en las que nos reconocen como los números uno, y aunque se vea como una institución lejana de nuestra vida diaria, probablemente esa es la mejor muestra de que el Central hace su trabajo, al no ser la inflación un tema tan relevante como lo es en otras partes del mundo. Por eso, cuando en el debate constitucional algunas voces mencionan que la autonomía del Ente Emisor debe ser revisada y además se le deben agregar objetivos, cuidado. Sigamos perfeccionando lo que hasta el momento se ha hecho de manera tan exitosa, pero no rompamos una de las pocas cosas de las que transversalmente nos podemos sentir tremendamente orgullosos.

Nathan Pincheira

Economista Jefe de Fynsa

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