Hasta hace algún tiempo, una de las cosas más desagradables para un economista era ir a un asado con gente que no conocías. Más allá que aquello haya quedado en el pasado debido a la pandemia y al distanciamiento social, síganme la idea porque si no el cuento no sirve (quizás ahora se dé más por interacciones en WhatsApp, pero bueno). Cada vez que algún tío o amigo de un amigo sabía a lo que te dedicabas, venía la inmediata pregunta: “ah, mish. Oye, ¿y qué va a pasar con el dólar?”. Al principio intentaba enarbolar una respuesta pedagógica y académica, pero como en general aquello no dejaba conforme al que preguntaba, decidí simplemente optar por el recurso del arbitraje: “si supiera que va a pasar con el dólar, no estaría acá y viviría en la Toscana o los Alpes Suizos porque estaría forrado”. Por lo general eso no me volvía en la persona más popular de la fiesta, pero por lo menos no tendría que recibir ese tipo de preguntas por un rato.

Sin embargo, en lo reciente, se ha agregado otra pregunta, más bien un comentario, cuando se habla del nuevo tema de moda: inflación. La cifra de IPC de agosto mostró un alza de 0,4% en relación con julio, lo que se encontró levemente sobre las expectativas. Con esto, en doce meses, la variación llegó a 4,8%, lo que, si bien no nos acerca ni a Argentina ni a Venezuela, se aleja del promedio de la última década y del objetivo del Banco Central de 3%. Sin embargo, seguramente les ha pasado, o han escuchado que hay personas que no le creen a este guarismo. Dicen que es literalmente imposible que la inflación sea tan baja, ya que ellos han visto cómo los autos han aumentado por lo menos 30%, la carne se fue por las nubes, en el supermercado y la feria compran la mitad de las cosas con la misma plata de siempre, etc. Entonces empiezan las teorías conspirativas, las críticas a las instituciones, aquellos que dicen que los economistas no conocemos de economía familiar y otros epítetos que no tienen que ver con la medición en sí, sino con algunas manos negras cuyo único fin es someter a la gente de a pie.

Más que intentar convencer a estas personas de que están equivocadas, creo que es importante descubrir el porqué de estas ideas. La verdad es que no están inventando, yo efectivamente creo que lo que me dicen sobre los precios que enfrentan es lo correcto. El problema es que su canasta no es la canasta representativa de un ciudadano promedio en Chile, que es lo que intenta recoger el IPC. Este indicador es una aproximación a la inflación y la hemos elegido porque, a pesar de tener varios problemas, nos permite contar con información mensual, comprobable, conocida y, sobre todo, útil para la toma de decisiones, ya sean privadas o de políticas públicas. Hay indicadores mejores, como lo puede ser el deflactor del PIB, pero éste se publica con mucho rezago y con bajísima periodicidad, por lo que no es útil desde un punto de vista funcional.

Lo otro que ocurre tiene que ver con los sesgos cognitivos. Hay una rama completa de la economía, muy interesante por lo demás, que se denomina economía conductual, que justamente intenta explicar por qué las decisiones de las personas son distintas a las que un modelo tradicional neoclásico predice y como, entonces, tenemos que actuar para evitar que estos comportamientos nos lleven a resultados subóptimos desde el punto de vista del bienestar. El mejor ejemplo que encontré tiene que ver con lo siguiente: durante el último comité de expertos del IPC, el INE publicó una serie de gráficos respecto a mediciones alternativas utilizando subconjuntos de la canasta del IPC. Uno de ellos es el de “canasta básica” (creo el nombre es auto explicativo), el que hasta octubre de 2019 se comportaba muy similar al IPC total e incluso al subyacente. Sin embargo, desde ese momento, ha venido aumentando por sobre éstos últimos y, de hecho, hasta julio había aumentado aproximadamente un 6% más que el IPC general. Seguramente la canasta básica incluye precios mucho más presentes en la vida de las personas, en su día a día, que la canasta total. Dado esto, se percibe que la inflación es mucho mayor. Pero vamos un poco más allá. La división 1, de Alimentos y bebidas no alcohólicas, también se puede separar entre “canasta saludable” y el resto, siguiendo lineamientos de CEPAL y el MINSAL. Considerando como punto de partida octubre de 2019 y hasta julio de este año, la canasta saludable mostraba incrementos de aproximadamente 12%, mientras que la división Alimentos como un todo lo hacía en casi un 9%. Así, ordenando, la variación de la canasta saludable es mayor que la de alimentos, siendo ambas mayores que la del IPC general.

Entonces, lógico que las personas creen, con total razón, que la inflación es mucho más. Porque las cosas que compran día a día, que están más en los primeros lugares de las cosas que recuerdan y cuyos precios mantienen más en la memoria, han subido. Y han subido más que el resto de las cosas. Pero otras que quizás están más “en las sombras”, pero que representan un porcentaje similar o incluso mayor en su presupuesto, no han subido o, incluso, han bajado. Las cuentas de la electricidad, el transporte público de la capital, algunos servicios de salud, etc, han tenido variaciones por debajo del IPC general, pero no están tan presentes en nuestras canastas personales. Así que no es cosa de no creer, de no saber, o de no tener empatía con la economía familiar. Es, simplemente, una cosa de sesgos.

 

Nathan Pincheira

Economista Jefe de Fynsa

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