Cuando nació Elizabeth Alexandra Mary de Windsor, sus padres no eran más que los duques de York (de la realeza sí, pero reyes no todavía). Y ella, la tercera en la línea de sucesión, tenía muy pocas probabilidades de ascender como monarca. 

Tenían que suceder eventos tan improbables como que, tras la muerte de su abuelo el rey Jorge V (acontecida en 1936, cuando ella tenía 9 años), su tío y su padre -los próximos en la línea de sucesión – le dejaran el camino despejado a ella. Y entre 1936 y 1952 eso fue exactamente lo que sucedió. 

Su tío Eduardo, coronado como Eduardo VIII, abdicó para casarse con la norteamericana divorciada Wallis Simpson. Y luego su padre, el rey Jorge VI, murió a los 56 años, 16 años después de haber asumido como rey. 

El peso de la corona cayó sobre la joven princesa de apenas 26 años, quien a partir de entonces pasó a ser la reina Isabel II, una monarca ampliamente respetada y querida por su pueblo, en un mundo donde las repúblicas son la regla y las monarquías las excepciones. 

Su reinado se convertiría en el más largo de la historia de Reino Unido, lo que ha hecho de ella, Isabel II, una testigo – y en ocasiones protagonista- de grandes cambios sociales y políticos en su país y el mundo. Uno de los más importantes para Reino Unido ha sido la transición del Imperio británico a la Commonwealth. Un desafío nada menor, al que se han ido sumando otros más a lo largo de su extenso reinado. 

En todo este tiempo, la reina Isabel II ha destacado por su admirable sentido del deber -poniendo siempre el interés y la supervivencia de la corona por sobre sus intereses personales- y por su cabal conciencia del rol que le toca desempeñar como continuadora de la institución de la monarquía, en medio de tiempos de cambio. 

Una reina sirviendo a su pueblo hasta el final. Un broche de oro para la monarquía. 

Magdalena Guzmán L. 

Periodista y magister en Ciencia Política. 

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